El abeto inició su prestigio por su supuesta capacidad para atraer rayos. Hay que recordar que muchas culturas antiguas veneraban al rayo, todos conocemos, por ejemplo, a Zeus.

Otro de los factores que daban un toque mágico al abeto era que en la tradición germana se conocían como el hábitat de los elfos. Había que tener cuidado con estos espíritus del bosque, ya que se creía que molestar a uno se pagaba con la vida. Pero su relación con la Navidad la causó otro árbol, el roble.


Abetos

Cuando san Bonifacio predicó el cristianismo en aquellos pueblos germanos, taló un roble, árbol que también tenía significados mágicos en la época. Dio la casualidad que el roble cayó sobre un montón de arbustos, salvándose sólo un pequeño abeto, que san Bonifacio identificó con el árbol del Señor. Ya entonces se solían adornar árboles perennes en una fecha cercana a la Navidad, pero con motivo de celebrar el nacimiento del dios nórdico del Sol (recordemos que la Navidad es una sustitución de la celebración del Sol invencible), y no es raro que el cristianismo adoptase costumbres locales para hacer más fácil el cambio.

El uso del abeto en Navidad arraigó durante los siglos XV y XVI, llegando a tener que prohibirse por ley tener más de uno. Los adornos típicos eran rosas de papel, manzanas, dulces... Parece ser que la costumbre de añadir velas la introdujo Lutero, aunque su significado es anterior: las luces representaban las almas de los muertos.


Velas decorando un abeto


En el siglo XVIII el Christbaum de los germanos se extendió por Europa, asentándose como algo común durante el siglo XIX.



El famoso árbol de Navidad del Rockefeller Center